¿Cómo podemos mantener la comunicación activa cuando las redes que utilizamos a diario dejan de funcionar? Esta fue una de las preguntas que orientaron el inicio de nuestra investigación en el proyecto Tridecs.
Ante los impactos que los eventos climáticos extremos pueden causar en la infraestructura de comunicación, quisimos identificar qué tecnologías ya se venían utilizando en situaciones de emergencia y desastre climático. Para ello, iniciamos un estudio de referencia benchmarking orientado al mapeo de soluciones de comunicación empleadas en diferentes contextos alrededor del mundo.
Al comienzo de la investigación, una pregunta nos acompañaba: ¿existiría alguna tecnología capaz de resolver, por sí sola, los problemas de comunicación generados por un desastre climático?
A medida que avanzábamos en el mapeo, la respuesta comenzó a volverse más clara. Las necesidades de comunicación observadas en situaciones de emergencia eran muy variadas. En algunos casos, el desafío era permitir el intercambio de información entre personas de una comunidad. En otros, era coordinar equipos de respuesta y rescate. En otros más, era transmitir alertas, organizar recursos o compartir información sobre áreas afectadas.
Cada necesidad parecía apuntar hacia tecnologías diferentes. Algunas soluciones se destacaban por la facilidad de implementación. Otras por su capacidad de operar sin infraestructura convencional. Otras, aún, por la cobertura geográfica o por la robustez en escenarios críticos. Entonces, en lugar de encontrar una tecnología capaz de resolver todos los problemas, encontramos un conjunto de herramientas con características complementarias.
Fue en ese momento que surgió un nuevo desafío.
Si la resiliencia comunicacional depende de la combinación de diferentes tecnologías, ¿cómo compararlas de forma consistente? ¿Cómo evaluar, a partir de los mismos criterios, soluciones tan distintas como redes Wi-fi en malla, sistemas satelitales o sensores remotos?
Comparar solo las funcionalidades de cada tecnología no resolvía el problema. Saber lo que una herramienta hace es importante, pero no suficiente cuando pensamos en su utilización durante una emergencia. También necesitábamos entender en qué condiciones funciona, qué recursos exige para operar, quién logra utilizarla y qué limitaciones pueden surgir en un escenario real de desastre climático.
Para responder a estas preguntas, pasamos a registrar cada tecnología en fichas técnicas estandarizadas. La idea era simple: crear una base común que permitiera analizar tecnologías diferentes a partir de los mismos aspectos. Cada ficha fue organizada en torno a nueve puntos:
- Descripción técnica: qué es la tecnología y cómo funciona;
- Funcionalidad: qué hace o mide efectivamente;
- Contexto de desastre: cómo se comporta en situaciones críticas reales;
- Infraestructura básica: qué es necesario para su operación;
- Ejemplos de aplicación: casos documentados de uso en campo;
- Actores involucrados: quién opera y mantiene la tecnología;
- Ubicación de los datos: dónde circula y se almacena la información;
- Aspectos regulatorios: qué normas y exigencias legales están relacionadas con su uso;
- Acceso de la sociedad civil: qué tan accesible es la tecnología para comunidades y organizaciones.
Estos aspectos surgieron a partir de preguntas recurrentes durante el propio proceso de investigación.
- ¿La tecnología sigue funcionando sin energía eléctrica?
- ¿Depende de Internet o de alguna infraestructura que pueda ser interrumpida?
- ¿Quién logra operarla en el campo?
- ¿Es fácil de transportar?
- ¿Está al alcance de comunidades y equipos de respuesta y rescate?
Al organizar la información de esta manera, comenzamos a ver patrones que no eran tan evidentes cuando observábamos cada tecnología de forma aislada. Soluciones muy diferentes pudieron compararse a partir de una misma estructura analítica, lo que permitió identificar no solo sus funcionalidades, sino también sus condiciones reales de uso.
El objetivo de este mapeo nunca fue encontrar una tecnología “ganadora”. Lo que buscábamos era construir una forma consistente de evaluar posibilidades, comprender sus límites e identificar qué soluciones presentaban mayor potencial para componer estrategias de comunicación resilientes en escenarios de crisis climática.
Las fichas técnicas se convirtieron, así, en una etapa orientadora de la investigación técnica. Organizaron el conocimiento producido en el mapeo y sirvieron de base para la construcción de los criterios que orientaron la selección de las tecnologías que avanzarán a las fases siguientes de análisis y prueba.
En los próximos registros de este Diario de Proyecto, presentaremos cómo este mapeo ayudó a crear los criterios de selección tecnológica y qué tecnologías avanzaron a la fase de pruebas. A partir de ahí, detallaremos sus usos potenciales, desafíos de implementación y aplicaciones en campo. ¡Sigan con nosotros!